miércoles, noviembre 22, 2006

Ímpetu, tempestad

Fue en el Strung und Drang de nuestra juventud…
El metro de Berlín atraviesa túneles que en otro tiempo sirvieron para la escapatoria de refugiados, para fosas de perseguidos, para madrigueras de disidentes: ahora en el otoño de la civilización las muchachas punks se sientan con las piernas abiertas (esos borceguíes) y hablan en dialecto suavo con sus novios raquíticos y posiblemente yonquis; las matronas de pelo teñido de azul suben cargadas de bolsas con regalos para los nietos y se miran en las ventanillas el rictus inconfundible de la desesperación; jóvenes rubios con camperas verde-oliva que dicen Afrikan Korps mascan el chicle agrio de la época y comentan con sus cofrades el resultado de Hannover – Shalke 04. En el medio de todos ellos Tomás Rainer paladea el gusto a guijarros de su alemán heredado. Strung und Drang. Jóvenes poetas y filósofos llenos de cerveza, cantando tonadas campesinas, levantándoles las polleras a las mozas, moliendo extranjeros a palos, alistándose en los ejércitos de Federico de Prusia, leyendo Novalis en las trincheras, plantando en el jardín de la casa familiar el árbol deforme de la Revolución Francesa, muriéndose de tuberculosis, de sífilis, de cólera, de disentería, de difteria, de gota, de fiebre amarilla, de viruela, de pena, de rabia, de orgullo.
Saliendo a la avenida Rainer camina por un bulevar cruzado por los vientos. Su departamento se encuentra en un barrio pobre de Berlín y para llegar a él debe atravesar un gran parque. Estatuas de grandes muertos flanquean su sendero. Un precursor de la química orgánica, un naturalista, un ministro de Bismarck, un filósofo idealista menor, un filántropo. Viejos turcos juegan en mesitas un juego de cartas que parece demasiado complicado: se ríen y se cargan en su idioma materno y es como una nube que subiera de Estambul y convirtiera todo en un lugar aún más raro.
En el departamento lo primero que hace es poner un viejo disco que se trajo de Buenos Aires, uno que le habían regalado en un cumpleaños y jamás se había dignado a escuchar hasta llegar a Berlín, tantos años después. Canta un tipo con voz de borracho perdido, esa voz rasposa, suplicante, agotada de quienes ya renunciaron a todo. La canción lame las paredes y Rainer piensa en la vecina de al lado, una mujer solitaria, devota de los ovnis y los fenómenos paranormales. Piensa en ella leyendo sola en la cama una revista de divulgación sobre los últimos avistajes de naves extraterrestres en las playas de Tulum, de Seychelles, de San Borombón. Una vez la vio en camisón, recién bañada, el pelo tirante y mojado, la vio en el pasillo sacando la basura, la puerta de su departamento entreabierta dejando apenas ver su bunker privado de fantasías galácticas.
La soledad de la ciudad se le asoma en el alma a Rainer. La tesis que lo trajo a Berlín ya está terminada y espera sólo el veredicto de los profesores. Podría irse ya de ahí. Podría lanzarse a los caminos de Europa y recorrer las estaciones de tren, las fondas, los cementerios, los palacios atacados en otra época por los revolucionarios ingenuos de la primavera moderna. Puede verse con una enorme mochila en la espalda, fumando tabaco armado en una estación rural de Checoslovaquia, esperando el silbido de la máquina que lo lleve hasta el próximo destino. Sacar fotos, llenar cuadernos con impresiones viajeras, trabar amistades de una noche, dormir mal sobre colchones mojados, olvidarse cepillos de dientes en lavatorios sucios.
Abajo, bajo el balcón de su departamento, unos tardíos obreros salen de un bar discutiendo a los gritos, se insultan, se contienen, se abrazan. El sol va cayendo, la calle se vuelve más oscura. El olor de los árboles vuela por el aire y se mete en el departamento impregnando todo de una fragancia pura, de otra época, incontaminada. No va a llover pero sin embargo la calma que se apodera del barrio parece predecir una tormenta.
El disco termina, el silencio es total, la tesis duerme sobre el escritorio. Y los jóvenes del Strum und Drang, en tanto, se ríen lejanamente desde el campo de batalla del mundo.

3 comentarios:

* dijo...

Durante el ultimo año que pasamos en Berlin mi madre solia dejar una luz encendida en el pasillo que me tranquilizara antes de caer dormido. Por entonces me asaltaban pesadillas,y solia despertarme atenazado por un temor asfixiante y por el sonido de mis propios gritos. ¨Nervos¨, decia mi padre. ¨Das Kind ist nervos¨: el niño esta nervioso.

¨What I Loved¨ //

Schiller dijo...

¿La traduccion correcta para impetu y tempestad no es ¨Sturm Und Drang¨ en lugar de ¨Strung¨?

http://en.wikipedia.org/wiki/Sturm_und_Drang

Anónimo dijo...

Tienes razón...se dice "Sturm" en aleman.