domingo, noviembre 30, 2008

Stop and Go

Hay una expresión que me hace correr sudor helado por la espalda. La expresión es: "darle señales al mercado." Sí, debe ser algo atávico debido a mi adolescencia en los años noventa. Cada vez que escuchaba "darle señales a los mercados" significaba que estaban por cojerte. Muy, muy fuerte. Y sin amor.
La Alianza por la Justicia, el Trabajo y la Educación (tal su nombre completo, según recuerdo) hizo un culto de esa frase en los años 2000-2001. Todo era para darle señales a los mercados. Esos días están llenos de movimiento hormonal en mi memoria, pero recuerdo bien los "planes de competitividad" de Cavallo que pretendían solucionar el defasaje cambiario con supuestos incentivos a la inversión. Cavallo, hay que recordarlo, no era un Chicago Boy. Era un ofertista formado en Harvard, algo que lo hacía más potable al paladar progre en aquellos meses frenéticos previos al Apocalipsis. Darle aire a la inversión privada era, por lo tanto, mejor que enfrentarse al bisturí carnicero de los neoliberales alla López Murphy. Les ahorro el resto de la historia.
Tal vez por todo eso, en estas semanas me corre un sudor parecido. No me interesa para nada el debate supuestamente ético (¿cuanto le debemos a JP Sartre por el uso indebido del término "almas bellas"?) del blanqueo de capitales o por la baja de los aportes patronales, sino más bien la reinstalación de ese mantra fracasado de "darle señales" a los empresarios. ¿El mercado, el capital se mueve por señales? ¿Es algo tan subjetivo, tan étereo, como la "confianza" lo que determina a un tipo a invertir, digamos 10 millones de mangos? No sé, yo preferiría un keynesianismo negro y brutal: pagar por cavar pozos y después pagar por volver a llenarlos.
En los viejos apuntes que todavía guardo de historia económica argentina está esa expresión que se repite más o menos cada lustro: el Stop and Go. El ciclo de la ilusión y el desencanto, más o menos, como lo llamarían Llach y Gerchunoff. Después de un tenue período expansivo, la inflación de costos exige un brusco cambio de precios relativos. Devaluación. Vuelta a empezar.
Por eso la sensación incómoda ante los anuncios. La sensación de no poder escapar de esa regularidad secular de la Argentina, el Stop and Go. Claro, ahora no leemos algo que pasó en 1966, en blanco y negro, ahora estamos involucrados nosotros.

No conectado

¿Hola qué tal? Pasaba por acá, ya sé que no escribo mucho, pero de verdad que con el bloglines me mantengo actualizado. Con el bloglines y el facebook, pero esa es otra cuestión. Sí, el facebook es otra cuestión enteramente. ¿Es necesario que sepa cuando salís, a dónde vas, con quién estás? En fin, todos tenemos nuestro morbo, nadie resiste mirar por la cerradura si intuís que detrás de la puerta está pasando algo bueno. Pero la cosa muere en la pantalla. No hay un más allá. ¿Vieron que en Facebook, y en Internet en general, las vidas de los otros parecen extraordinariamente interesantes? Más interesantes que las de uno, al menos. Es un poco como en esos curriculum (o curricula, según la correcta declinación latina) tremendos que escribimos cuando estamos desesperados por conseguir laburo: los lees y pareciera que entre vos y, digamos, Anthony Giddens, no hay mucha diferencia, que la vida de todos es un espacio brillante lleno de logros, aventuras y sonrisas de éxito. Ahí viene mi negra culona con el martini que le pedí, después me voy a poner a escribir un discurso para el primer ministro y más tarde asistiré a la cena de gala de la embajada de las Islas Seychelles. Sí, gracias, querida, ponele un poco más de vodka.
Hay un lado fascista (¡epa!) en Facebook. No sé si alguna boludita de Marcelo T. estará pensando tesina sobre eso, pero eso de mirar, de vigilar los movimientos de los otros da para un laburito práctico donde robar mucho de Foucault y Debord. Más aún cuando se trata de una vigilancia en red, de una vigilancia consentida y querida, sin un centro, donde todos nos miramos y competimos por ser ingeniosos y demostrar que en nuestras vidas "pasa algo". Comunidad. Si fuera uno de esos chantas de facultad me haría agua la boca con las posibilidades. Me ofrezco como lector, en serio.
Pero no me da para tener ese nivel de "autoreflexión". Así que solamente chequeo el Facebook mirando que hacen mis "amigos", como va su vida evolucionando en fotos, como escriben sus estados (unidos del ánimo) en breves frases, en tercer persona. Como están tan, tan lejos de mí.
Mariano no registra actividad reciente.

miércoles, noviembre 05, 2008

The Left Wing

Iba a escribir algo sobre la elección de Obama - por ahí lo hago, no lo descarto, no importa - pero esta nota de Wainfeld en Página 12 dice mejor lo que yo quería decir.
Entre la frivolidad progre que se quiebra de emoción (un tanto paternalista, un tanto culposa) con Obama y el cinismo (de derecha o izquierda) que postula que "todo es igual" está la brecha política que más me interesa. La que piensa, basicamente, que nada nunca es igual, que las cosas son más complejas, que no alcanza con las indivualidades para modificar estructuras enraizadas en la historia pero que, al mismo tiempo, el carácter inesperado de la política es el principal recurso para cambiar el sentido de las cosas.

lunes, noviembre 03, 2008

¿Progresismo, negro?

Una tilingería total, lo sé. Pero que mañana gane.

Al sur de la frontera

"When a writer is truly original, his failure to be conventionally beautiful makes us see him, initially, as shapeless, awkward, or perverse. Only once we have learned how to read him do we realize that this ugliness is really a new, totally unexpected kind of beauty and that what seemed wrong in his writing is exactly what makes him great."

Los gringos descubren a Bolaño y quedan dados vuelta. Pasenla bien, chicos.

viernes, octubre 24, 2008

Yo digo Obama vos decís sí

Me harta el psicologismo barato

Recién estaba mirando a un diputado radical que decía estar de acuerdo con el régimen de reparto pero objetaba el "sentido" por el cual los K tomaron esta decisión "justo ahora". A ver, creo que ya lo dijimos muchas veces antes: me chupan un huevo (excuse my french) las intenciones ocultas que anidan dentro del cerebro de Néstor y Cristina Kirchner. Lo que me importa es la política no la psicología. Me da lo mismo si Kirchner obligó a Bendini a descolgar el cuadro de Videla porque quería "abrir un frente de batalla contra un enemigo vencido" o porque quería "desvíar la atención del pueblo de otros problemas" o porque cree sinceramente en la necesidad de juicio y castigo. No lo sabemos, no lo vamos a saber nunca, ni importa realmente. Lo que importa es lo que los gobiernos hacen y es ahí donde hay que criticarlos. El juicio político se hace midiendo las acciones y las omisiones de los gobernantes, no haciéndoles un test de Rorschach.
Lo mismo para esta medida de eliminación del régimen de capitalización. Si se hace para quedarse con la plata de la ANSES o para proteger los derechos previsionales y terminar con un inmenso curro o para salvar a los bancos de una inminente quiebra (puede ser también una combinatoria de todas esas posibilidades, la realidad ama lo múltiple) no quita que la medida apunta a desmantelar un sistema fracasado que nunca debió haberse instaurado. Y va a depender de la política (no de las buenas intenciones de algunos hombres buenos) que la ley que salga del Congreso asegure un buen sistema previsional.

miércoles, octubre 22, 2008

Una oportunidad

Decíamos antes que la palabra "expropiación" iba a comenzar a rondar por los medios y por las marionetas que ellos hacen hablar. El intento es claro: presentar la estatización de los fondos de pensión como una réplica del corralito decembrista. ¡Están tocando mi dinero! ¡y encima para sucio gasto político-electoral! Si en unas semanas las AFJPs comenzaban a quebrar, esos mismos que hoy se desesperan ante tamaño atropello a la propiedad privada iban a ser los primeros en salir a pedir un rescate para salvaguardar a "nuestros viejitos".
Eso desde la derecha más "paladar negro" (La Nación), que defiende el sistema privado desde su visión liberal del mundo, perfectamente respetable, obviamente. Desde la derecha moralista-lanatiana en cambio, la óptica está puesta en la chicana, el vizcacheo, "el clink caja", la mirada antipolítica que siempre ve el "robo", las aviesas intenciones personales detrás de las decisiones políticas. Esa postura clasemediera del "me están cagando, no entiendo nada, pero me están cagando." Un poco esas dos miradas - la liberal y la, digamos, antipolítica berreta - se unificaron y actuaron juntas en el tema de la 125. Tipos que con fundamento - sus intereses económicos - peleaban contra las retenciones móviles, confluían con aquellos que se oponían sólo porque detestan a los Kirchner, porque les caen mal, porque ella es soberbia, porque él es un ambicioso, bla, bla, bla.
Ahora, surfeando un poco el clima caliente que se agita en los diarios, se ve lo mismo: por un lado los que defienden la capitalización como opción más eficiente en la administración de los fondos, como recorte del poder del Estado, como instrumento financiero que amplíe el mercado. Por otro los que impugnan la estatización por sus supuestos fines espurios-electorales, por el afán de los Kirchner de hacerse de "la caja". No es que les moleste la estatización en sí, es que no pueden ir más allá de su concepción de taxista canchero que ve en cualquier acción realizada por un gobierno que detesta un intento de perjudicarlo.
Un poco en el mismo sentido está la postura de los que están de acuerdo con la medida pero no con las supuestas intenciones que la motivan. Un poco lo que dice Caparrós hoy en Crítica. O lo que sostienen algunos progres. Es la eterna trampa del progresismo: poner por delante las imputaciones personales y morales por sobre las políticas. Es decir, anteponer el desmantelamiento de una estafa gigantesca como las AFJPs a las alternativas electorales futuras (¿Quién puede saber lo que pasará en 2009?, ¿quién puede saber que pasará con los Kirchner?) es perder nuevamente la oportunidad de reconstruir algo de lo destruido en los largos años del neoliberalismo.

Cuando era gorda, provinciana y periférica

Transitamos tiempos en verdad difíciles, y muy particularmente en lo que a seguridad social se refiere. Desde hace más de veinte años, el mundo entero asiste a la desarticulación del llamado Estado de bienestar, y la Argentina no ha sido ajena a ello.
Recién promulgada la ley 24.241, a fines de 1993, la OIT afirmó que no era una ley de seguridad social, sencillamente porque “no es segura ni es social”. Algunos comentaron entonces que sólo se trataba de un juego de palabras, pero lo cierto es que después de seis años de padecer los efectos de esa ley, cualquiera se da cuenta de que la opinión de la OIT constituyó una acertada síntesis.
La reforma significó seguridad para el capital financiero e inseguridad para el ser humano, para unos precios fijados y para otros beneficios inciertos, concentración del capital que impone condiciones: negocios particulares en lugar de políticas públicas al servicio de la comunidad. En síntesis, una clara acción en beneficio de determinados grupos de intereses particulares en desmedro del bienestar de la sociedad en su conjunto.
Elisa Carrió, 2000, en los fundamentos a su proyecto para derogar el régimen previsional de capitalización. (vía, http://mendietaelrenegau.blogspot.com/2008/10/yo-estuve-un-una-afjp-por-un-ratito.html)

martes, octubre 21, 2008

Una muy bien

El sistema de AFJPs fue una de las mayores estafas de los añorados 90s. Catorce años después de su puesta en práctica las cuentas de capitalización están depreciadas y garantizan haberes menores a los del sistema de reparto. Al mismo tiempo, el agujero fiscal que produjo la pérdida de esos aportes para el Estado explica buena parte del colapso final de la convertibilidad y el estallido de 2001. La idea era perversa desde el inicio: entregar un derecho social y una protección frente a los riesgos de la vejez y la muerte a la especulación del mercado financiero. Claro que, bajo el paradigma cegador del neoliberalismo esa retracción del Estado resultaba perfectamente lógica, era el clima de la época que le daba sentido a esas locuras. Y ahora que todo se cae - aunque no duden que mañana y pasado, y los próximos días haya un intento de presentar esto como una "expropiación" - nuevamente el Estado debe hacerse cargo antes de que el sistema colapse irremediablemente. En este caso, un efecto no deseado positivo, sin dudas.

domingo, octubre 12, 2008

Tres hombres solos (sobre Historias Extraordinarias de Mariano Llinás)

Está el cliché que dice que el viaje es el camino. Más que el punto de llegada, se dice, es el desplazamiento mismo (el mientras tanto) lo que constituye lo más rico de los viajes. Cuando ese punto de llegada no existe, o es demasiado vago, o demasiado poco interesante, con más razón, la ruta es el verdadero principio y fin del viaje. Lo interesante son las historias que nos contamos a nosotros mismos a bordo del micro, o del auto, las historias que escuchamos de refilón en el parador de la ruta, las que cuentan nuestros compañeros de viaje un par de asientos más atrás, las que deformamos y exageramos hasta convertir en cuentos fantásticos, mientras los carteles verdes de vialidad nacional, como una cuenta regresiva nos van diciendo que el fin del desplazamiento se acerca, que ya llegamos a destino, que el movimiento está por terminar. Viajar casi nunca es un placer (como dice ese otro cliché) pero sí, casi siempre, si se presta la debida atención, es una experiencia transformadora, por llamarla de alguna manera.

Y pensando en desplazamientos, ahora me doy cuenta que lo extraordinario de Historias Extraordinarias de Llinás (además de la fotografía, del montaje, de la música, etc., etc.), es que no sólo es una película sobre el viaje, sino que es lo más cercano a un viaje que uno puede experimentar sentado - inmóvil - en una butaca de cine. ¿Hasta donde llegaríamos, en auto o micro, en el tiempo que dura la película? En esas cuatro horas y pico, pasamos Dolores, nos acercamos a Azul, alcanzamos fácil 25 de Mayo o Saladillo, dejamos atrás Chacabuco para arrimarnos hasta Junín, ahí donde el Río Salado se ensancha y da vueltas, comienza a desandar la llanura. Y los intervalos de la película, no pueden sino recordar a las paradas obligadas en alguna estación de servicio, o en una parrilla, de esas que tienen al lado unas hamacas para que jueguen los chicos, una gomería ahí cerca, unos camiones estacionados, ese paisaje idéntico que se repite en forma seriada por las rutas del país.

Y mientras nosotros nos trasportamos quietos por la llanura bonaerense - viajeros inmóviles - están las historias de la pantalla que reproducen algunas de las miles y miles de historias que cualquiera de nosotros hubiera podido escuchar en el camino. "X llega a un pueblo, no importa de qué trabaja X, lo que importa es lo que le pasó, en lo que se vio involucrado"; "A Z le ofrecen un puesto en una oficina de una repartición provincial, no importa qué repartición, lo importante son las cosas que le pasaron a partir de ese momento, cuando menos se lo esperaba". Hay una voz en off que va narrando todo eso, que es como la voz del pasajero del asiento de atrás que le cuenta a otro una historia, en un micro, a la noche, mientras nosotros no podemos dormir y ponemos atención en ese cuento, y poco a poco nos vamos sumergiendo en el relato. Como la voz de un tipo que le cuenta a otro, unas mesas más allá del bar del hotel, una historia de alguien que conoció hace años en un pueblo de la provincia y al que le pasó algo rarísimo. Historias. No sabemos los detalles, no sabemos nada de su veracidad, nada de los personajes. Solamente sabemos lo que nos cuentan, lo que alcanzamos a oir, por sobre el rugir del motor del micro, del ruido de la ruta.

De esas miles de historias posibles, Llinás nos cuenta tres. Que luego se van ramificando dando lugar a muchas otras. Historias de hombres solos. Historias de hombres sin mujeres. Historias de viajantes que se obsesionan por cuestiones laterales a sus trabajos. Historias alejadas del perfil "renacimiento espiritual-rutero" que creó la literatura beatnik, sino más bien, relatos de hombres un poco perdidos, un poco aburridos, un poco a la expectativa, que se ven involucrados en acontecimientos que los superan, pero que tampoco quieren dejar el camino, que tampoco quieren volver a quedarse quietos. Hombres que se cruzan con leones agonizantes, con hermanas enamoradas, con criminales despiadados, con proyectos faraónicos inconclusos, con mujeres en permanente fuga, con fabuladores europeos varados en la pampa, con ríos desbordados, con intrigas de pueblo chico, con fragmentos de la Segunda Guerra Mundial y muchas cosas más. Al final de la ruta, no hay punto de llegada. Nada más otras historias que dan nacimiento a otras, y así, y así, y así.

Y cuando uno sale del cine, al final de todo, es raro estar en el mismo lugar porque el cuerpo tiene todas las señales de haberse movido. Uno tomaría con total naturalidad si detrás de la puerta del cine hubiera un descampado, un río plateado de llanura, un alambrado, una ruta desierta con dos focos de camión acercándose a lo lejos. Ni siquiera se cuestionaría ese paisaje. Nada más uno podría preguntar, desganadamente: ¿ya llegamos? Todavía no, todavía no.

sábado, octubre 04, 2008

RA


Nos shockeó un poco el acto del otro día por el busto de Alfonsín. Personalmente. Sí, estamos viejos. El primer presidente del que tenemos memoria clara, el que coincidió casi perfectamente con nuestra entrada al "uso de la razón", estaba ahí convertido en un busto de mármol. La biografía comienza a convertirse, de a poco, en historia.
La verdad es que le tengo cariño a Alfonsín. En la ventana de la vieja pieza infantil todavía deben estar medio despegados y amarillentos, los calcos de aquella campaña del 83. Y los del 85, 87 y 89, también. Cuando éramos fervientes e infantiles socialdemócratas que iban a pedir calcomanías al hoy extinto comité de los Irrompibles, Formosa 144, a pocas cuadras del colegio primario. Un poco formo parte - tardíamente - de la última generación que pudo ver La República Perdida y entenderla. Entenderla, digo, en el sentido de leer en esa película un relato de la historia argentina en clave democrático-republicana (la civilización de los abogados/la barbarie de los militares), un camino lleno de obstáculos al Estado de derecho. Sí, el significante vacío de la "democracia" es también una marca de esa generación que se emocionaba con la simple lectura del Preámbulo. Todo lo que pasó después, claro, alteró mi forma de ver esos procesos, pero sería injusto negar que en algún rincón todavía algo de eso sigue repercutiendo y llamándome. La voz de la infancia, supongo, que es falsa y verdadera al mismo tiempo.

martes, septiembre 30, 2008

Intertextualidad

"Pánico, la palabra del momento", dice The Nation. Nunca estuvimos más de acuerdo.

La vera máquina de Dios

La Máquina de Dios se rompió, y en Wall Street - casi al mismo tiempo, esto me excede - los Patrick Batemans que sobrivivieron los merqueros ochentas reaganianos y los golden boys más nuevitos asisten a la fiesta frenética de despedida del presidente W. No habrá, esta vez, ejecutivos cayendo en picada de los rascacielos (como en una película de los Coen) pero sí ríos de cocaína y de pánico y de insomnio y de terror sacramental y profano ante esa Máquina Divina que, parece, entró en uno de sus cíclicos períodos de caída.

El capitalismo es así, pibe. Podría ser una resumida interpretación de los hechos. Alzas y bajas. Crisis que barren a los que acumularon capital de peor calidad, a los que se arriesgaron demasiado, a los que no midieron las consecuencias. La mano invisible del mercado es brutal siempre, y más cuando las cosas se ponen tan jodidas. Desde Gigí Marziotta (juro que la vi hoy decirlo) a la revista Barcelona, juegan con el tema del fin del capitalismo... Epa. Lo dijo Stiglitz, ¿no lo escuchaste? Gente, la máquina loca sigue andando, a pesar de lo que nos diga la fantasia de Jorge Altamira, o de algún mucho más elegante marxista europeo que seguramente aparecerá por ahí. El tipo que está hasta el cuello con su hipoteca subprime, el groncho de Kansas o de Oklahoma, se levantará mañana para ir a laburar y pagar el descubierto de la tarjeta, rezará de camino al trabajo que no aparezcan los cobradores, que alguien le solucione la cuestión de su casa, y en el trabajo... bué, ya sabemos, lo que pasa en el trabajo, lo mismo que pasa desde que alguien tiene que alquilar por horas su humanidad para - mágicamente - cobrar un salario a fin de mes. Eso sigue intacto. Y ese es el núcleo que sostiene todo, digo, a riesgo de sonar como un cuadernillo psicobolche del UBA XXI.

Me acuerdo, ahora que se habla tanto de la crisis del 30, de un libro de Steinbeck. Y de la película de John Ford sobre el libro de Steinbeck. Las viñas de la ira. Gran Depresión, villas miserias en América, los grasitas emigrando a California para trabajar en la cosecha de la uva, los bancos quedándose con las farms. Al final de la película - no sé si lo soñé, creo que no deliro - Henry Fonda abandona la villa porque lo busca la policía y mientras se aleja suenan los acordes de La Internacional. Bueno, no. Quédense tranquilos que no pasa nada parecido ahora. En aquellos años, aún en Estados Unidos, el fantasma que recorría el mundo era un espectro válido al que invocar en épocas de desesperación. Si algo enseña la historia - nos ponemos pomposos - es que se necesita mucho más que una crisis para tumbar al capitalismo.

La Máquina de Dios que inventaron los medios, ese amasijo de túneles y cables y computadoras, construido en la frontera franco-suiza, no es nada con la otra máquina de dios puesta en marcha hace más de doscientos años (y que no para un segundo desde entonces). Esa otra máquina es tanto más poderosa porque está formada con nuestras vidas, y la de nuestros padres, y más atrás, más atrás, hasta remontarnos a los campesinos analfabetos de alguna región europea. Y va a seguir funcionando hasta que, decía un sociólogo alemán, se agote la última tonelada de carbón sobre la tierra, y el último aliento.
Uy, qué pesimismo, querido.

martes, septiembre 16, 2008

Evo

¿Tiene asidero esta sensación de que en Bolivia se juega lo más importante que estuvo pasando en este continente los últimos años? ¿Que lo que pasé allá va a determinar por un largo tiempo las perspectivas (tímidas) de cambio que se intentan en algunos de los países de la región? Como decían los sabios marxistas leninistas que habíamos olvidado en nuestro afán cínico: es en el eslabón más débil donde se juega el destino del sistema.

D. F. Wallace

Me entero de la muerte de David Foster Wallace. En este mismo momento en que parece que nos embarcamos en esos festines de histeria corporativa (¿saltarán los gerentes desde los rascacielos como en el 29', o esa épica del capitalismo ya es pasado?) que son las crisis económicas, Wallace podría haber escrito relatos divertidos (y kilométricos, y llenos digresiones) sobre el pánico y la locura en el centro de la maquinaria mercantil. Una pena.

viernes, septiembre 12, 2008

Vuelta

Pasó un tiempo, ¿no?. D'Angelis (como dice NK) dejó de gritar por un rato, se subió a una avioneta y se estroló desde 150 metros. La presi lo llamó al sanatorio y él dijo "al fin y al cabo también es un ser humano". ¿O fue ella quien lo dijo? Cómo sea, ese llamado amable y civilizado habla del nuevo caniche style con el que Artemio nos quema la cabeza y que sirve para definir la nueva etapa post 125. Esto es lo que hay, chicos.
¿Qué pasó en mi ausencia? Bueno, nunca me fui, siempre estoy volviendo, bla, bla, bla. Seguí leyendo La Nación. Seguí leyendo Crítica (me gustaría escribir algo sobre la nota de hoy de Caparrós, sobre Caparrós). Seguí leyendo las talking heads del sidebar de Perfil.com (qué caripelas, mamita), seguimos con los amigos (algunas de las mejores plumas hic et nunc) de artepolítica, paniagua, la barbarie, y los demás a la derecha (maldito diseño que no se cambiar) de su pantalla.
Déjenme hacer la gran Nico Repetto en su rentrée a programa fracasado. En este mes pasó:
- los vivillos boleteados por querer cagar a unos mexicanos que decapitan a sus mamás si les faltan 25 dólares en los balances.
- El pago al Club de París, cash, cash. ¿Mi plata no vale?
- La reestatización de Aerolíneas.
- La valija de Antonini Wilson, un nuevo capítulo de la novela tropical que Tom Wolfe y Graham Greene no escribirán nunca.
- El juicio por Cromañón. Una novela que algún Tom Wolfe porteño (¿Esteban Schmidt?) debería escribir.
- El incendio de un tren de la línea Sarmiento. La puta, si Pino hace eso para promocionar una película, qué nos espera para cuando se estrene Duro de Matar V...

Y tantas cosas más. Muchas más que se me olvidan ahora, porque esto no para, no se detiene, sigue y sigue. y nosotros que medio nos bajamos, ahora, con tanto movimiento queremos volver. Promesa.

miércoles, agosto 20, 2008

El aluvión botánico

Otra vez.

Cuán pronto

Locura de un frente frío en la pradera otoñal, mientras va pasando. Se palpaba: algo terrible iba a ocurrir.
J. Franzen
, Las correcciones.


Parrafaseando el conocido inicio de la Carta Abierta, digamos: un clima de mierda se ha instalado. Si fuera una persona que se quiere a sí misma, de esos que están en paz con su conciencia, de esos que se levantan temprano, prenden la radio, hacen los ejercicios matinales de Charles Atlas, se alegran con el sol, con el último boludo en mallita que batió los records en las Olimpíadas, de esos que se duermen al apoyar la cabeza en la almohada con la felicidad desconocida de los justos, si fuera de ese bando, decía, me abstendría de leer mi ración diaria de La Nación, de mis paseos por TN, de mis escarceos con Crítica, de mis incursiones en Clarín. Pero no. No. No me puedo sacar de encima la Ansiedad y en mi mp3 suena una cinta moebius de los Smiths. How soon is now? Eh? How soon?

Tres tipos son cagados a balazos y zanjeados en el GBA. Otros dos son limpiados a la Medellín en el paraíso de las mamis y los papis de Vicente López. Una sombra oscura se cierne sobre el Gobierno, dice La Nación. Más allá, un broker de Wall Street habla la lengua del fin de época. Los mercados, se dice, exigen señales. El olor de la sangre, de la presa herida que corre rengueando hacia un refugio inútil. Son las viejas voces que crecimos escuchando. Las conocemos, sabemos lo que esconden sus palabras.

Veo el epígrafe que puse en el post: uno de las frases más negras de uno de los libros más depresivos que leí (y lo leí en la playa, eh, entre nenes jugando con baldecitos y mamás en bikini negro, eso es aguante). ¿Cunde un clima de derrota? Medio que sí, para qué negarlo. La ofensiva es grande. Los errores también. Pero está el título. Las correcciones. Nunca creí demasiado en la capacidad perfectiva del ser humano. Y de los grupos sociales, menos. Quiero creer, ahora. How soon is now? ¿Estamos a tiempo?